
La jornada final del XXXI Festival de La Habana de música contemporánea puso de relieve el empuje de las nuevas generaciones en el ámbito de la producción y ejecución de las creaciones destinadas a los públicos que asisten a las salas de concierto.
Esta sucesión de eventos, tradicionalmente organizada por la Asociación de Músicos de la Uneac con el concurso del Instituto Cubano de la Música, a la vez que homenajeó los centenarios de compositores imprescindibles en la evolución de la música cubana en el siglo XX –Argeliers León, Harold Gramatges y Alfredo Diez Nieto, este último por fortuna vivo y activo–, abrió espacio a jóvenes autores e instrumentistas, quienes no solo pisan los talones de los valores establecidos, sino sobre todo llegan, en el caso de los creadores, con propuestas renovadoras en el lenguaje y, en el de los intérpretes, con ansias de dominio técnico interpretativo.
En la sala Covarrubias ello se evidenció en la primera parte de la gala de clausura a cargo de la orquesta de cámara Arimas, del conservatorio Guillermo Tomás, de Guanabacoa, que dirige Samira Fernández. Esta joven y talentosa maestra no monta obritas complacientes ni fáciles ejercicios; el repertorio mostrado demanda una práctica de conjunto exigente, de altura profesional. No de balde, la formación mereció la confianza del compositor chileno Boris Alvarado para montar su obra Fur Habana, y de la cubana Teresa María Núñez para estrenar Música para cuerdas, mientras se las arreglan para comunicar con solvencia el delicioso Danzón no. 2, de Wilma Alba Cal, y el exultante Final obligado, de Carlos Fariñas, columna vertebral de la banda sonora del la serie documental Historias sumergidas, de Rogelio París.http://www.granma.cu/cultura/2018-11-12/relevo-identidad-y-patrimonio-compartido-12-11-2018-20-11-57





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